Donde la fidelidad no muere En la casa del anciano Andrés, el tiempo se había detenido.
La soledad era insoportable hasta el día en que rescató de la calle a un cachorro tembloroso al que llamó Barso. Durante doce años, fueron uno solo: compartían el pan, los paseos y las largas charlas en las que el
perro lo miraba con ojos sabios. Una fría noche de otoño, la salud de Andrés empeoró. Barso, presintiendo el
final, subió a la cama y se recostó sobre el pecho de su dueño para darle calor.
— Mi buen amigo —susurró el anciano—, nunca me dejaste solo… Perdona que ahora yo te deje a ti.
Esa misma noche, el corazón de Andrés se apagó. Al día siguiente, cuando los vecinos entraron,
Barso no dejaba que nadie se acercara al cuerpo.
Lloraba con tanta desesperación que partía el alma de los presentes.
Tras llevarse el cuerpo de Andrés, la casa quedó cerrada. Los vecinos intentaron adoptar a Barso,
pero el perro escapó y regresó al porche de su antiguo hogar. Pasó días sin comer ni moverse, mirando fijamente el camino por donde se habían llevado a su dueño.
Una semana después, bajo una intensa lluvia, encontraron a
Barso sin vida en el umbral. Sus ojos se habían cerrado para siempre. Simplemente, no pudo seguir viviendo en un mundo donde ya no existía la voz de su amo.

